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"La Correa" de Jorge Amado

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Jorge Amado
LA CORREA
de "La Desaparición de la Santa" (Fragmento en que se describen escenas del carnaval en Bahía)

EL VUELO DE LA GOLONDRINA. Sensación de alivio, de bienestar, el deseo único y urgente de vivir, insidiosa euforia, dulce locura: la golondrina liberta batía las alas, lista para alzar el vuelo y descubrir el mundo: Manela reía sin freno.

En la plaza en torno de la Basílica y en las calles al pie de la Colina, el pueblo había dado comienzo al carnaval: mes y medio de juerga y diversión, de fiesta sin parar, que nadie es de hierro para aguantar durante el año entero las amarguras de la vida, la miseria y la opresión, la desgracia vil e ilimitada. El don de hacer la fiesta aun en medio de semejantes y calamitosas condiciones es propio y exclusivo de nuestro pueblo, y merced del Señor de Bomfim y de Oxalá: los dos juntos suman uno, el Dios de los brasileños, nacido en Bahía.

Desfilaban blocos y afoxés, los Hijos de Gandhi hacían la primera figuración del año, y la música de los tríos eléctricos resonaba en un horizonte de palafito y barro, en la podredumbre de los Alagados. Vendedores atravesaban la multitud ofreciendo cintas de Bomfim, medallas y estampas, santitos de colores, figas y patuás. Numerosa clientela de turistas acudía, alborozada y turbulenta.

En los tableros olorosos, los acarajés, los abarás, el pescado frito, los cangrejos, la moqueca de aratu envuelta en hojas de banana, el acagá de maíz. En los puestos atestados, ruidosos, las comidas de coco  y  de  dende: carurú, vatapá,  efó, las  diversas  frituras  y  las diferentes  moquecas,   ¡tantas!, gallina de xinxitn, arroz de haucá. La cerveza bien helada, las batidas, el jugo de lambreta, afrodisíaco incomparable. Las canastas de frutas, suntuosas: mango-espada, calota, corazón de buey e itiúba, mango rosa, sapotas, sapotis, cajas, cajaranas, cajus, pitangas, jambos, carambolas, once clases de bananas, tajadas de ananá y sandía. Todo a punto de agotarse, sin embargo los puestos no daban abasto a la clientela vasta y voraz: comilona a manos llenas.

En varias de las casas destinadas a los peregrinos, alquiladas a veraneantes para las fiestas, pequeñas orquestas –guitarra, acordeón, flauta, pandeiro, cavaquinho– animaban asustados familiares. Entre las parejas enlazadas, no faltaban personas de edad, viejitos que competían con los jóvenes, matando las nostalgias de los buenos tiempos. La inmensa mayoría del pueblo, sin embargo, bailaba al aire libre, en la calle, al son eléctrico de los tríos: frevos y sambas, marchas de carnaval: "Atrás del trío eléctrico sólo no va el que ya se murió", dijo el músico. Baile sin tamaño, sin hora de acabar, perenne y desmarcado, hay que ver para creer.

No pararon de saltar, bandada alegre de bailarines que festejaban el grito de inauguración del carnaval en el Jueves de Bomfim: la hermana, la prima, los primos, enamorados y enamoradas, adherentes, conocidos y desconocidos: Manela fue el alma del grupo, nadie le ganó en animación. Enferma a las puertas de la muerte, en el milagro de la salud recuperada quiso usufructuar todo a lo que tenía derecho. Bailó en el asfalto la danza colectiva y brasileña, integrada en la fiesta del pueblo –del populacho, como se comenzaba a decir para designar a la parte más desposeída de la población. En el entusiasmo de la suave melodía de jazz de los Batutas de Periperi, enlazada en los brazos del galán, aleteó en el blues de su vida. Bailó samba, fox, rock, bolero, rumba, twist, inclusive trazó pasos de tango argentino –Miro era imprevisible–, de pieza en pieza, de meneo en meneo, una cerveza aquí, una batida allá, más allá una copa de licor, la euforia creciendo. Eso sí que era vivir.

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